Gustav Klimt: El beso (1907/08)
¿Quién no ha visto en numerosas ocasiones esta imagen? ya sea en láminas, pósters, impresiones, etc. Yo, por ejemplo, conocí este cuadro a través de la película “Elegir un Amor”, protagonizada por Julia Roberts. Sea como sea, la cuestión es que “El beso” de Gustav Klimt continua fascinando después de 100 años de su creación.
La Viena de Gustav Klimt –la Belle Epoque de fin de siglo- se enclava en una de las más fascinantes épocas de la Historia del arte y de la cultura. La burguesía como clase social dominante –temida por su afición a la pompa, sus suntuosos banquetes, su enfermiza adicción al placer- actúa como un catalizador en este florecimiento cultural.
De este “laboratorio” brota también el arte de Klimt. El espectador se siente cautivado por la voluptuosidad del dibujo, el trazado caleidoscópico de los trabajos, la belleza del ornamento y el gusto por descifrar los secretos de los cuadros. Pero la mayor fascinación la ejerce el tema central de Klimt: la belleza de las mujeres.
El erotismo era un tema obsesivo de la época: Freud es incapaz de contemplar un objeto sin interpretarlo como túrgido, y no puede ver una apertura sin tematizar la penetración. Incluso Adolf Loos relaciona, en su arte antiornamental reducido a ortogonales, las líneas horizontales con la mujer y las verticales con el hombre.
En el mundo de Klimt aparecen constantemente polen y pistilos, semen y óvulos en los cuerpos, en las vestimentas e incluso en la naturaleza. Todo este derroche de erotismo se ve enfrentado con la Viena decadente, marcada por la hipócrita represión victoriana y por tanto con el rechazo hacia sus obras. Es por este motivo que Klimt ornamenta sus obras y camufla el verdadero significado con miles y miles de detalles.
Por ejemplo, para conservar las apariencias viste a las mujeres que no puede pintar desnudas con opulentos atuendos que cubren su desnudez y, sin embargo, llaman la atención sobre esa desnudez oculta. Muchos de los detalles distraen la atención sobre el auténtico mensaje: peinados ondeantes, estilizadas flores, decoración geométrica, sombreros extravagantes, enormes manguitos de piel. Pero son estos añadidos los que refuerzan la irradiación erótica de las mujeres, los que ponen el erotismo en escena.
En los últimos cuadros son curvas y espirales, composiciones piramidales, torbellinos místicos, cúmulos de colores chillones los que inundan las composiciones. Así, mediante la diversidad de la decoración entorno a la retratada, surgen un mundo propio que nos secuestra en los misterios del inconsciente y en los laberintos del espíritu.
“El beso” de Klimt ha sido comparado, no sin un deje de ironía, a la Mona Lisa, pues ambos cuadros ejercen, en la complejidad del significado, una fascinación similar. Hay quien ve en este cuadro una evolución de la obra de Klimt, en base a que ahora puede pintar una unión donde hasta entonces había tematizado, sobre todo, la lucha de los sexos. Otros, por el contrario, opinan que Klimt no ha cambiado su forma de ver el mundo y que también en esta obra describe, de un modo más sutil, la imposibilidad de la satisfacción, consecuencia de las tensiones entre el hombre y la mujer.
Estas formas ornamentales cuadradas para el hombre y circulares para la mujer, ¿significan complementación o antagonismo?
¿No parecen guardar una cierta distancia estas dos personas, a pesar del abrazo, como si no existiera relación alguna entre ellas? Esta vez es claramente el hombre quien domina y toma la iniciativa del beso. La mujer parece soportarlo con resignación, pero sus manos se contraen convulsivamente, los dedos de sus pies arañan la roca: ¿placer o ira? Klimt conoce a fondo la relación ambigua entre las eternamente figuras de Adán y Eva, pues se ha representado a sí mismo con Adán y tiene en sus brazos a Emilie Flöge, su amante.
En cualquier caso, los mantos envolventes restan fuerza a la directa representación sexual. Con virtuosos acordes de colores, Klimt se acerca a los iluministas del imperio ostroromano. El oro rodea a la pareja con un aura, y el valioso material presta también al cuadro la apariencia de un impresionante tesoro. Todos estos trucos transforman el tema tabú, que es el beso, en una versión que no sólo escapa a la crítica, sino que además conquista el entusiasmo del público y la aceptación de la burguesía puritana.
La jugada de Klimt fue tan buena, que su contribución al arte europeo moderno es por fin reconocida. Aún antes del cierre de la muestra de arte de 1908, en la que estaba expuesto el beso, es comprado el cuadro por el estado austriaco.
Actualmente el óleo se encuentra en el Österreichische Galerie de Viena.
Arantxa


















